La Forja de un Rebelde, Vol.2

Españoles recogiendo heridos de guerra bajo el sol africano
En el anterior post os escribí sobre el primer tomo de la trilogía, la segunda parte se llama La Ruta y Arturo Barea nos deleita con una disección de la guerra de Marruecos (1912-1928) en la que estuvo unos años. La forma de expresión y la prosa cambia totalmente, consigue transportar al lector a otro espacio y tiempo sin que te des cuenta.
Es una obra maestra llena de política, crítica, antropología, religión e historia que debería leerse en el instituto para entender La Guerra Civil.
El libro empieza cuando asciende a sargento de ingenieros en África. En este puesto descubre la corrupción económica dentro del ejército, dónde oficiales, generales, coroneles y sargentos sacan tajada gracias al equipamiento de los soldados y otros materiales, algo que le gusta bien poco.
A los pocos meses le mandan construir unos blocaos y se encuentra en medio de la guerra en el Desastre de Melilla, una guerra descrita con todos sus matices de horror, sangre, muerte y violencia que tanto españoles como franceses hicieron con nuestros vecinos marroquíes. Aquí hace una reflexión y se pregunta el por qué civilizar a los moros cuando en España más del 80% de la población no sabe ni leer ni escribir.

Franco junto a Millán Astray
Tras un tiempo en el frente el Sargento Barea se despierta en el hospital de Tetuán, en el pabellón de infecciosos, comúnmente llamado Depósito debido a que los enfermos entraban vivos y salían envueltos en una sábana por la puerta trasera. Milagrosamente, Barea, sale vivo y le dan un par de meses de permiso para que se recupere, después vuelve a Ceuta para terminar la mili en oficinas.
“Hay muchos que quisieran pegarle un tiro por la espalada a Franco, pero ninguno de ellos tiene el coraje de hacerlo. Les da miedo de que pueda volver la cabeza precisamente cuando están tomándole puntería (…) Te quedabas allí con la boca abierta, esperando a que los moros le llenaran de agujeros a cada momento (…) Es alguien que tiene riñones (…) Se le queda mirando a un fulano con unos ojos muy grandes y muy serios y dice: -Qué le peguen cuatro tiros. Y da media vuelta y se va tan tranquilo. Yo he visto a asesinos ponerse lívidos solo porque Franco les ha mirado una vez de reojo (…) Yo creo que ese tío no es humano; no tiene nervios”.
¡Qué distinto sería todo si hubieran tenido el coraje de hacerlo!














